Había una vez un robot llamado Riald, un pequeño explorador metálico con ojos brillantes y un corazón lleno de curiosidad. Vivía en la Luna, donde el silencio era tan grande que podía escuchar sus propios engranajes girar.
Cada día, Riald caminaba por los cráteres plateados, recogiendo piedras extrañas y mirando hacia la Tierra, que colgaba en el cielo como una canica azul. Soñaba con saber cómo era ese mundo lleno de océanos, nubes y luces.
Una noche, mientras las estrellas brillaban más que nunca, Riald descubrió una roca luminosa enterrada en el polvo lunar. Al tocarla, la roca emitió un suave zumbido, como si quisiera hablarle. Riald no sabía qué significaba, pero sintió que era el comienzo de una gran aventura.
Y así, bajo el cielo infinito, el pequeño robot siguió caminando, listo para descubrir todos los secretos que la Luna guardaba.


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